Por ALVAREZ DEL BLA ROBERTO
La belleza es un placer básico, un estado de felicidad. Nos imbuimos de los sueños que provoca y nos saturamos de emociones. En cierto modo, es una evasión de la realidad, que reinterpretamos y transformamos. La belleza constituye un componente universal de la experiencia humana que produce placer, atrae la atención y genera comportamientos que contribuyen a la supervivencia genética. Una de las formas en que se perpetúa la vida es a través de la belleza, y la pasión por ella está profundamente arraigada en nuestra biología. La armonía y el equilibrio son dimensiones para reconocer lo que nos gusta y lo que consideramos "maravilloso", "bello", "magnífico". Pero, si juzgamos basándonos en nuestra experiencia, tenderemos a considerar bello no solo aquello que nos fascina, sino también aquello que desearíamos poseer. La belleza moviliza. Estamos programados para sentir una atracción inmediata, significativa y memorable en lo más profundo de nuestro ser. Cuando la belleza se concibe intencionalmente, puede crear o modificar identidades, percepciones y asociaciones, simplemente porque quien la posee adquiere una nueva autoimagen a través de la posesión o el disfrute.